Por qué la música de hoy suena tan mal

25 julio 2009

altafidelidad

Hace un par de año encontré en la Rolling Stone uno de los mejores artículos que he leído sobre la digitalización de la música, titulado “The Death of High Fidelity: in the age of MP3s, sound quality is worse than ever”.

La nota,  escrita por el compositor y musicólogo Joe Levine, comienza desde una gran pregunta: ¿por qué, si contamos con más tencología, los discos actuales suenan tan mal, comparados con los desde hace algunas décadas atrás? Dejando de lado el tema artístico, Levine explica cómo los productores han privilegiado ciertos factores, como el volumen y el impacto, por sobre la calidad y la riqueza de sonidos.

¿Cuál sería la razón? Al parecer, el desarrollo tecnólgico y la dura competencia ha provocado una estandarización de los sonidos. En definitiva: todos suenan profesionales, pero a la vez iguales. Además, gran parte de la músca va a parar a reproductores de baja calidad: los pequeños parlantes de tu computador o los aurículares de tu iPod. Los ingenieros saben esto y lo tienen en cuenta cuando hacen su trabajo.

Por ejemplo el útimo disco de grandes éxitos de Elvis, cuyas canciones suenan mucho más saturadas que las originales. Los ingenieros encargados en “remasterizar” las canciones del Rey argumentan que lo hicieron pensando en que tenían que competir con el sonido del último disco de los Foo Fighters: el que logre un mayor impacto va a tener el derecho de ser elegido para el viaje familiar.

Frente a toda esta corriente, hay algunos como yo que han vuelto a los formatos originales, ya sean los CD o los discos de vinilos. ¿Por qué? Simplemente porque suenan mejor, aunque muchos puedan pensar que es volver a la edad de piedra.

Les dejo la traducción bastarda del artículo en la Rolling Stone argentina, pero a los más interesados les recomiendo leer el artículo original en inglés, que  incluye consejos prácticos para mejorar la calidad de lo que escuchas.

La muerte de la alta fidelidad

Volumen, compresión y MP3 contra la profundidad y la emoción musical. ¿Por qué en la era de los mayores avances tecnológicos la calidad sonora empeoró como nunca?

No tengo nada contra los MP3. Por un lado, sería como remar contra la corriente, y además la ventaja de almacenar 11.345 canciones en mi iTunes es insuperable. Lo único que debo pensar es qué tengo ganas de escuchar. Pero es innegable la desmejora de fidelidad que provoca esta conveniente compresión. Al plantearme qué se pierde al cambiar de formato pasé una semana completa escuchando música en vinilo, CD y iTunes (archivos a una compresión baja de 128, “una mierda”, según el iPod).

Empecé con uno de mis discos favoritos del año, Sound Of Silver, de LCD Soundsystem. Era la primera vez que lo escuchaba en vinilo y al principio pensé que no había tanta diferencia. Pero luego, en el tema “All My Friends”, la noté: las baterías, reales, no electrónicas, sonaban con una claridad que nunca antes había escuchado. El CD sonaba bien, aunque estaba convencido de que los bajos suenan más cálidos en el vinilo. Ni yo ni cualquier otra persona que lo haya escuchado habría notado la distinción entre el CD y los archivos comprimidos.

Una copia en vinilo de Crooked Rain, de Pavement, resultó una revelación. Nunca sonó tan vital. Los fetichistas del vinilo siempre hablan sobre lo que “estuvo ahí”: esta es música que fue hecha por gente en una habitación, no por una computadora. Quizá sea porque conozco el disco de cabo a rabo, pero los archivos AAC sonaban terrible, con la compresión empujando los bajos al fondo y aplastando los agudos hasta algo latoso e insufrible. Tanto los archivos comprimidos (AAC o MP3) como el CD son el equivalente a escuchar una copia de esta música, aunque si uno no escuchara el original quizá nunca se daría cuenta.

La más grande diferencia, ciertamente un resultado de la remasterización, la descubrí en Imaginede John Lennon. En el vinilo, el track que da título al disco era tal cual lo recordaba, con el foco en Lennon y mucho espacio para la instrumentación. Pero el CD me metió de lleno adentro del piano, en donde pude escuchar con mucha claridad; aunque seguramente esto no era lo que él y Phil Spector habían pretendido de la grabación. Pasé a los archivos comprimidos, donde las cuerdas sonaban como un sintetizador tratando de emular cuerdas. ¿La canción sonaba arruinada o apenas empobrecida? No exactamente, pero me sentí incómodo por los cambios que imprimió el formato digital. Este es el modo en el que la música sobrevivirá: como una lámina de ilustración en un libro de arte, mientras el original se guardará en un museo por aquellos que aún conservan sus bandejas giradiscos.

Desanimado, retorné a LCD Soundsystem, dejando que iTunes reprodujera un álbum adoptado por la era digital. Quizá sea el poder de la sugestión, pero me quedé pensando si los archivos comprimidos no inspirarán la fatiga auditiva de la que habla Rob Levine en su nota. Con el vinilo, tenía que levantarme para dar vuelta las caras del disco, pero haciéndolo me sentía excitado. Ahora, ansío un cambio del sonido y me contenté pulsando la opción aleatoria “shuffle”. Y sentí que, de todos modos, todo estaba bien.

Por Joe Levy